lunes 12 de noviembre de 2007

Introducción



Desde la publicación de la novela llamada El túnel1, obra del escritor argentino Ernesto Sábato(1911), mucho material se ha escrito al respecto. La gran mayoría de los estudios se han basado en el protagonista, el pintor Juan Pablo Castel.

En nuestro caso, una primera lectura nos acerca al mundo de un hombre solitario (Pablo Castel, el protagonista principal), rodeado de sus múltiples demonios internos, demonios que por lo demás parece empeñado en achacarle a cuanta persona se entrecruce en su camino. Tres son –en todo caso- los aspectos en que quisiera centrar mi atención: en primer lugar la búsqueda de lo absoluto, tema en que se fija Juan Antonio Rosado2, la segunda cuestión tiene que ver con el personaje Pablo Castel y su estrecha vinculación con el existencialismo y los antihéroes del siglo XX, y la última cuestión -fuertemente ligada a la anterior- tiene que ver con el crimen y la idea de crimen. Para este propósito voy a relacionar brevemente a Castel, con otros personajes de la literatura del siglo XX. de tal suerte, intentaré, buscar el porqué de esta cercanía, y saber qué es lo que hace ser a esos personajes.

Parte primera

1 LA CONFESIÓN DE UN CRIMEN COMO PUNTO DE PARTIDA.

Antes de dedicarme a hablar de El túnel, me parece interesante decir algo –muy a grosso modo- respecto de la vida de Ernesto Sábato, una vida que contiene por sí sola elementos novelescos dignos de ocupar páginas enteras. Sabemos que Sábato es un hombre diletante por excelencia, abandonó sin mayores miramientos el comunismo, doctrina por la que profesaba conocido apego, y luego las ciencias físico químicas, en las que incluso había obtenido un doctorado.

Su niñez, la pasó según testimonio propio, prácticamente encerrado en una habitación pequeña, desde la cual, junto a sus hermanos, miraba el mundo a través de una ventana. Cuenta así mismo, que en alguna ocasión, por divertirse, le sacó los ojos a una avecilla para echarla a volar luego3.

Ahora bien, pasando a la novela, si algo caracterizó a los novelistas latinoamericanos del siglo XX, ha sido su capacidad para incorporar elementos típicos de las artes cinematográficas, con ellos las analepsis se hacen más dinámicas y menos forzadas. En el caso de El túnel, puede uno leer las primeras líneas, y saber el final de la historia. “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”4 Luego, párrafos más adelante, al iniciar el capítulo II, dirá, aún a guisa de presentación:

“Como decía, me llamo Juan Pablo Castel. Podrán preguntarse qué me mueve a escribir la historia de mi crimen (no sé si ya dije que voy a relatar la historia de mi crimen)...”5.

Tan sólo para buscar un punto de apoyo, un eje que nos sirva para empezar nuestro análisis, veamos algunos aspectos relacionados con los dos breves extractos de la obra que acabo de citar. En primer término, apreciamos que nos encontramos con un tipo de narrador necesariamente –al ser la historia de un hombre contada por él mismo- intradiegético y homodiegético. En segundo lugar notamos que el narrador está de alguna manera limitado, ya que desde su particular punto de vista de testigo presencial de los hechos, no percibe los hechos a cabalidad, por lo que no es de manera alguna un narrador omnisciente como los que lucía el siglo XIX.

Esto se hace evidente en las múltiples dudas que asaltan a Castel, que lo sumen en la desazón y que tan incruentamente lo atormentan a lo largo de la novela.

He hablado de las dudas en la cabeza de Castel, son ellas las que de alguna manera lo empujan a cometer el crimen. Para dar una muestra de qué tono toman estas disquisiciones en su mente, basta un botón. Casi al final de la obra, luego de salir presurosa y desesperadamente en busca de María y, tras ocultarse en los jardines de la estancia, la ve paseando con Hunter -primo y supuesto amante de María- en momentos en que ella debía encontrarse con él, con Castel, entonces es atormentado por sus demonios internos.

“¡Y hablaba con ese monstruo ridículo! ¿De qué podría hablar María con ese infecto personaje? ¿Y no se estarían riendo de mí en ese instante? ¿Y no sería yo el imbécil, el ridículo hombre del túnel y de los mensajes secretos?”6.

Es claro que no tiene acceso a lo que piensan los demás, su mundo externo se construye mentalmente, en base a supuestos, a antojadizas opiniones personales. En ningún momento tenemos evidencias de la relación que él atribuye a Hunter y a María. En todo caso, esto centra a Castel como un personaje típico del siglo XX. El subterfugio usado por Sábato para narrar la historia da resultado, el narrador es el personaje principal, un personaje que además escribe para un público, -lector implícito- con el que discute, e incluso lo insta para que deje de leer cuando le plazca.

Observo que se está complicando el problema, pero no veo la manera de simplificarlo. Por otra parte, el que quiera dejar de leer esta narración en este punto no tiene más que hacerlo; de una vez por todas le hago saber que cuenta con mi permiso absoluto”7.

El diálogo que se entabla entre Castel y sus posibles lectores en el nivel intratextual, no es sino parte del elemento lúdico con que trabaja el autor real -Ernesto Sábato- en el nivel extratextual.

De otro lado, empezar contando lo que sería el final de la obra –es decir, con el testimonio de la muerte de María- desaparece la sorpresa, sin embargo, gracias a una serie de artimañas la historia se prolonga sin perder interés. Lo que tenemos entonces, es una historia en la que la analepsis es la regla general -en cuanto se trata de un relato de hechos ubicados en situaciones pasadas-, cuyo dominio en algunas secciones es roto por una serie de “opiniones incrustadas”. En estas secciones el narrador da rienda suelta a su deseo de opinar. El resultado de este ejercicio es que contamos con una suerte de “flujos de conciencia atenuados”, de fácil lectura que evitan los engorrosos pasajes de otras obras del siglo XX9. Este tipo de “opiniones incrustadas”, se reconocen porque están escritas en tiempo presente y suelen ir acompañadas de signos exclamativos:

La frase “todo tiempo pasado fue mejor” no indica que antes sucedieran menos cosas malas, sino que felizmente la gente las echa en el olvido. Desde luego, semejante frase no tiene validez universal; yo, por ejemplo, me caracterizo por recordar preferentemente los hechos malos y, así, casi podría decir que “todo tiempo pasado fue peor”, si no fuera porque el presente me parece tan horrible como el pasado; recuerdo tantas calamidades, tantos rostros cínicos y crueles, tantas malas acciones, que la memoria es para mí como la temerosa luz que alumbra un sórdido museo de la vergüenza ¡Cuántas veces he quedado aplastado durante horas, en un rincón oscuro del taller, después de leer una noticia policial!”9.

Es además en estos momentos donde se producen los llamados al lector, y donde –principalmente- Sábato inserta momentos de reposo en la acción narrativa. Cuando Castel nos cuenta cuál es su opinión respecto de los grupos humanos, por citar un ejemplo, produce un quiebre en la analepsis. De esta manera, de contarnos que encontró a la chica que había visto en la galería, pasa a contarnos cuál es su actitud con respecto a las mujeres, y cómo planeó que podía entablar un diálogo con ella (temas comunes, amigos comunes). En este punto, ligeramente disquisitivo de por sí, Castel empieza a contarnos su misantropía, su ferrea aversión hacia los grupos humanos:

Diré antes que nada, que detesto los grupos, las sectas, las cofradías, los gremios, y en general esos conjunto de bichos que se reúnen por razones de profesión, de gusto o de manía semejante. Esos conglomerados tienen una cantidad de atributos grotescos: la repetición del tipo, la jerga, la vanidad de creerse superiores al resto”10.

Los resultados lógicos obtenidos mediante la incrustación de estos momentos de reposo son, de un lado la prolongación del tema, cuyo final ya conocemos de antemano (el relato del crimen), y de otro lado, la configuración de Juan Pablo Castel como personaje. Sobre este punto, baste por el momento ubicar a Castel como un personaje creado a partir de sus propias reflexiones; él es ante todo una idea, y es la idea que nosotros nos formamos de él tras la lectura de la obra. Sábato no se ocupa de describirlo, como ente corpóreo, en ningún momento Castel afirmará por ejemplo “soy alto, o tengo el cabello de tal color”, las únicas partes en que se describe, lo hace apelando a categorías psicológicas “Confieso que soy muy tímido”11. Es en consecuencia un personaje psíquico y no físico.

Sea como fuere, lo cierto es que una vez que Castel encuentra nuevamente a María, la chica de la escena de la galería -esto es, a partir del capítulo VIII-, empiezan a hacerse más esporádicas las incursiones de opiniones. El relato de los hechos pasados empieza tomar un rumbo fijo y más lineal, y progresivamente los acontecimientos parecen moverse cada vez más rápido, como arrastrados por la vorágine esquizoide de Castel, hasta un final de hechos fugaces pero de profunda trascendencia.

Parte segunda

2 LA SOLEDAD DESDE UNA VENTANA.

Al inicio de estas breves líneas recordaba cómo Sábato y sus hermanos, hijos de inmigrantes, veían el mundo encerrados en un cuartito, atisbando a través de una ventana. Rosado cree ver en la ventana de Castel aquella ventana del Sábato niño. Creo que aún cuando no podemos circunscribir la obra a la vida del autor, como un mero reflejo de ésta, es posible explicar la recurrencia de algunos temas a partir de ciertas “marcas” en la vida. Lo que aleja el tema personal, del tema literario es, en mi opinión, la universalidad a la que tiende lo literario. Así, en esencia la ventanita que pinta Castel, tiene su origen en la ventana de Sábato, pero es más que eso, es una ventana a la soledad impersonal, y es ahí, que tiende a lo universal y escapa del ámbito personal.

Pero podemos aun preguntarnos ¿cuál es la ventana en cuestión? La ventana es seguramente un importante eje de la historia y signo de uno de los temas centrales, la soledad, soledad que dicho sea de paso, se traduce en comprensión, ya que él confiesa que escribe el libro para saber si alguien que lo leyese sería capaz de entenderlo aunque sabe -o cree saber, que no es lo mismo- que sólo María lo entendía. Castel, intentando relatarnos porqué mató a María Iribarne, nos cuenta que presentó un cuadro llamado Maternidad. Una pintura de aquellas que los críticos le alababan, viendo cosas poco importantes, cuando lo realmente importante, en el lienzo no era lo evidente:

Pero arriba a la izquierda se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba el mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado alejado y distante. La escena sugería en mi opinión, una soledad ansiosa y absoluta”12.

Lo primero que hace que Castel vea a María es que ella fue la única persona que se fijó en el dibujo de la mujer y la ventanita. Castel nota esto y se atormenta con la posibilidad de no poder verla y hablarle. Cuando finalmente la encuentra, casi violentamente la interroga por la escena de la ventana. La respuesta de María “La recuerdo constantemente”13, lo deja sumido en un mar de incertidumbres, a mitad de camino entre la alegría y el miedo a confundirse de persona. Luego María, en la estancia, frente al mar le confirmará lo que él esperaba oír:

“-Cuántas veces –dijo María- soñé compartir con vos este mar y este cielo.

Después de un tiempo, agregó.

-A veces me parece como si esta escena la hubiéramos vivido siempre juntos. Cuando vi aquella mujer solitaria de tu ventana, sentí que eras como yo y que también buscabas ciegamente a alguien, una especie de interlocutor mudo. Desde aquel día pensé constantemente en vos, te soñé muchas veces acá, en este mismo lugar donde he pasado tantas horas de mi vida. Un día hasta pensé en buscártelo y confesártelo. Pero tuve miedo de equivocarme, como me había equivocado una vez, y esperé que de alguna manera fueras vos el que me buscara”
14.

Sin embargo, una vez que María le confirma que lo siente su igual -aunque lo cierto es que ella busca un interlocutor mudo, cosa de la que dista mucho el neurótico inquiridor que es él- él es víctima de las dudas, duda nuevamente del amor de ella hacia él, de la posibilidad de que ella sea de alguien más. El ciego, aunque es su esposo parece no importarle, teme a los otros, a aquellos con quienes él cree, se encierra María para hablar por teléfono, a esos otros que pueden quitarle su amor. Todos estos “otros mentales” Castel los encarna en la figura de Hunter, sin embargo es consciente de que no son él.

Es así, que hablando de Richard, un antiguo amor de María –que se parecía a Castel, según confesión de la propia María-, Castel queda perturbado y afirma:

Pero debo agregar que no era ese hombre el que más me torturó, porque al fin y al cabo de él llegué a saber bastante. Eran las personas desconocidas, las sombras que jamás mencionó y que sin embargo yo sentía moverse silenciosa y oscuramente en su vida. Las peores cosas de María las imaginaba precisamente con esas sombras anónimas.”15.

En este punto –en las características que toma su relación con María- he de centrar mi atención en la búsqueda de lo absoluto –búsqueda temeraria y absurda-, a la que se refiere Rosado.

Parte Tercera

3 LA BÚSQUEDA DE UNA UTOPÍA.

Nos cuenta Juan Antonio Rosado, que el sentimiento faústico es un tema que se haya presente en casi todos los escritores y artistas de Occidente. El término sentimiento fáustico, deriva del fausto buscador de conocimiento, o buscador de algo:

En Occidente, la figura de Fausto, como símbolo de nuestra constante insatisfacción, ha tenido un papel insustituible.” Y luego agrega: “El error de Castel fue buscar lo Absoluto a través del amor, por medio de la lógica desmesurada y la primacía de la razón, no por medio de lo más subjetivo que tiene el ser humano, las emociones sino por un medio eminentemente objetivo.”16.

Castel busca tener a María de manera absoluta, de ahí el temor repulsivo hacia los otros, incluso más que hacia el mismo Hunter. Cada vez que él la interroga busca acercarse a la totalidad, y cada vez que lo hace se aleja de ello, porque entre opinión y opinión opone un nuevo mar de dudas y de preguntas inquisitivas. Esto se hace evidente por ejemplo, en una conversación que sostienen acerca de las otras personas que la llaman por teléfono. Castel la emplaza a contestarle

“...dijiste: “cuando cierro la puerta saben que no deben molestarme”. Esa frase no podía referirse a mí, puesto que era la primera vez que te hablaba. Tampoco podía referirse a Hunter, puesto que lo podés ver cuando quieras en la estancia. Me parece evidente que debe haber otras personas que te hablan o que te hablaban ¿no es así?”17.

Como vemos, no es Hunter quien preocupa a Castel, es toda persona, él quisiera tener a María alejada de todo y de todos, una mujer sin pasado y sin más ser que él mismo, en pocas palabras un imposible, busca una utopía.

Parte cuarta

4 PERSONAJES DE LO ABSURDO.

Albert Camús sostenía que en la vida de un hombre, llega un día en que se percata de que lo que hace es absurdo. Así, tras vivir en el mundo llega un día en que se percata de la inutilidad de vivir, entonces el hombre siente cierto desprecio por cosas en las que antes ni siquiera se fijaba:

“También los hombres segregan lo inhumano. En ciertas horas de lucidez, el aspecto mecánico de sus gestos, su pantomima carente de sentido vuelven estúpido cuanto les rodea. Un hombre habla por teléfono detrás de un muro de vidrio; no se le oye, pero se ve su mímica sin sentido, uno se pregunta porqué vive. Este malestar ante la inhumanidad del hombre mismo, esta caída incalculable ante la imagen de lo que somos, esta náusea, como la llama un autor de nuestros días, es también lo absurdo”18.

El hombre del que habla Camus, tiene estrecha relación con Castel, y nos trae a la memoria a otros “antihéroes” de la literatura del siglo XX. Como antecedente podemos citar a los personajes de Dostoievski, como Raskolnikoff. Sin embargo, voy a tratar de centrarme en dos. El primero de ellos es Remo Erdosain, personaje central de Los siete locos y los Lanzallamas19, y el otros es Mersault, antihéroe que plasma el mismo Camus en esa pequeña obra intitulada El extranjero20.

Salvo Erdosain (1929), Mersault (1942) y Castel (1948) son personajes de la posguerra –aunque Erdosain también se enmarca en un contexto de posguerra-, sin embargo podemos hallar en ellos ciertas regularidades, que nos permiten identificarlos como hombres del absurdo

Pablo Castel, como sus congéneres, es un tipo que se siente alejado del todo social. Sin embargo, mientras que Erdosain y Mersault, son tipos comunes –en un sentido muy amplio- y suburbanos, Castel es un artista, un pintor que goza de cierta aceptación. Como se puede notar, estos antihéroes de la posguerra, viven sumidos en la desazón. La diferencia principal, en todo caso radica en que Pablo Castel busca paranoicamente alguien que pueda entenderlo, alguien que pueda demostrarle que no está tan solo en el mundo, que existe alguien capaz de ver el mundo como él. Hay que tener en cuenta que para él hablar de soledad equivale a hablar de incomprensión.

El hecho –uno de los hechos- que relaciona a los tres personajes en cuestión es el crimen. Un crimen, que sin perder su carácter transgresor, se justifica de alguna manera en la propia incoherencia del mundo. Según Camus, lo irracional, se nutre de lo absurdo, y se justifica en ello. Esta irracionalidad es –según creo- el origen de los crímenes que cometen estos personajes.

“El tema de lo irracional, tal como lo conciben los existencialistas, es la razón que se embrolla y desembrolla negándose. Lo absurdo es la razón lúdica que comprueba sus límites”21.

El desquiciamiento no sería sino, la consecuencia de vivir en un mundo desordenado y absurdo, y la raíz de este carácter absurdo del mundo sería el vivir en un mundo incierto –en el que lo único cierto es, después de todo, solamente la muerte- Por eso Camus afirmaba que un mundo que admite explicaciones, aunque sea con razones erróneas, es un mundo conocido. En un mundo como el nuestro, en el que caen dogmas explicativos del mundo, como la religión, en primera instancia, y luego la ciencia y su búsqueda de leyes absolutas (una vez más lo absoluto en la médula de Occidente), al hombre no le queda más que aceptarse como tal, como hombre de una vida, cuyo término sin escapatoria es la muerte.

El crimen, como consecuencia, es algo que ocurre en las vidas de los antihéroes, sin que ellos sean – sin que se sientan- como unos criminales en el sentido “normal” del término. Castel, por ejemplo afirma que:

“...hasta cierto punto, los criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo es pernicioso? Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción”22.

Mersault, en El extranjero dispara cinco balas contra un árabe sin saber porqué, incluso no intenta defenderse al ser detenido, y ante las preguntas del juez, que le muestra un crucifijo, responde que no sabe porqué disparó a un cuerpo yerto cuatro balas más. El juez, algo confuso agrega:

“Nunca he visto un alma tan endurecida como la suya. Los criminales que han comparecido delante de mí han llorado siempre ante esta imagen del dolor”. Iba a responder que eso sucedía precisamente porque se trataba de criminales. Pero pensé que yo también era un criminal. Era una idea a la que no podía acostumbrarme.”23.

En el caso de Erdosain su mayor delito consistirá en planificar un asesinato y llevarlo a cabo con acuciosidad enfermiza, sin embargo, su primer delito es un “simple” robo a la empresa en la que trabaja. Cuando es emplazado a devolver el dinero se aleja muy perturbado.

“Sabía que era un ladrón. Pero la categoría en que se colocaba no le interesaba. Quizá la palabra ladrón no estaba en consonancia con su estado interior. Existía otro sentimiento y ése era el silencio circular entrando como un cilindro de acero a la masa de su cráneo, de tal modo que lo dejaba sordo para todo aquellos que no se relacionara con su desdicha”24.

Es tal vez este acercamiento a su condición de hombres del mundo absurdo –no hombres absurdos, concepto que en Camus implica una aceptación de las condiciones que impone el mundo-, lo que hace que al leer las obras en las que aparecen estos personajes muchos lectores lleguemos a entender sus crímenes, lleguemos a verlos de alguna manera como víctimas de la sinrazón del mundo y no como victimarios. El crimen pierde de alguna manera su carácter nocivo y llega a ser transgresión de una situación de estabilidad anquilosante, y es en este contexto que se torna entendible.

Para finalizar, creo conveniente recordar que la forma narrativa preferida del siglo XX es, sin lugar a dudas, la que se apoya en el yo. Creo que esa predilección por el yo se encuentra justificada por el descrédito de la ciencia y la religión a las que hacía mención líneas arriba. Si bien, luego de los múltiples cuestionamientos, llegamos a la conclusión “einsteniana” de que las cosas son relativas, hemos de reconocer con Bertrand Russell25, que esta relatividad no es absoluta e infinita -no sería relatividad, sino caos-, ya que ella se encuentra parametrada y equilibrada por un factor que cumple la función de eje del sistema; cuando hablo de ese eje, me estoy refiriendo al observador.

La verdad radica en el observador. En el siglo XX el hombre se erige como la medida de todas las cosas. El mundo es al final de cuentas, aquello que percibimos y creemos comprender como mundo. La objetividad “científica” propugnada por Augusto Comte, y aceptada en el siglo XIX se escapa como arena entre los dedos. No resulta en este contexto, tan difícil comprender porqué los narradores se alejan del narrador omnisciente y omnipresente, de las novelas realistas o naturalistas, aquellos narrador que describía las cosas con la pretendida objetividad con que un científico narra los resultados de sus experimentos.

Los narradores del siglo XX ya no se preocupan por intentar mostrar la sociedad como es objetivamente, y con ello logran mostrarla de una manera más cercana a lo que ella es en última instancia, una percepción humana y una intelección inconsciente. La sociedad en la novela del siglo XX, por tanto es sentida y vivida por el protagonista, por ese yo que es Pablo Castel.

Notas

Notas

(1) Ernesto Sábato, El túnel. Colombia. Oveja Negra Seix Barral, 1983.
(2) Juan Antonio Rosado. En busca de lo absoluto. (Argentina, Ernesto Sábato y El túnel). Unam. México. 2000.
(3) Refiere Juan Antonio Rosado que es probable que de ahí derive la fijación que parece sentir Sábato con respecto de la ceguera, y que incluso, el escribir sobre ella, sea una posible forma de expiar sus demonios internos. En El túnel es Allende el que encarna la ceguera y de alguna manera el “escozor” que ésta causa en Castel, sería un escozor sabatiano. Es en este contexto que en El túnel el narrador Castel dice en unos de sus múltiples soliloquios: “Y ese ciego, ¿qué clase de bicho era? Dije ya que tengo una idea desagradable de la humanidad; debo confesar ahora que los ciegos no me gustan nada y que siento delante de ellos una impresión semejante a la que producen ciertos animales fríos, húmedos y silencioso, como las víboras” Op. Cit. P.53. Al final de la obra, Castel aún piensa en el contenido oculto de la palabra “insolente” que le grita el ciego.
(4) Op cit. p. 11.
(5) Op. cit. p. 13.
(6) Op. cit. p. 132.
(7) Op cit. p. 18.
(8) José Ortega y Gasset, nota que lo que él llama “arte nuevo”, es impopular porque no es entendible, es un arte que divide a los hombres en grupos antagónicos: los que lo entienden y los que no lo entienden, y afirma: “El arte nuevo, por lo visto, no es para todo el mundo como el romántico, sino que va desde luego dirigido a una minoría especialmente dotada.” La deshumanización del arte y otros ensayos de estética. Madrid. Espasa Calpe. 1996
(9) Op. cit. p. 13.
(10) Op. cit. p. 19.
(11) Op. cit. p. 18.
(12) Op. cit. p. 16.
(13) Op. cit. p. 31.
(14) Op. cit. p. 101.
(15) Op. cit. p. 73.
(16) Juan Antonio Rosado. Op. cit. pp 133. y 142.
(17) El túnel. P. 71.
(18) El mito de Sísifo y El hombre rebelde. Buenos Aires. Edit, losada. 1955. P. 21.
(19) Roberto Arlt. Los siete locos. Argentina. Hispamérica. 1986.
(20) Albert Camus. El extranjero.
(21) El mito de Sísifo. P. 45.
(22) El túnel. p. 11.
(23) El Extranjero. p. 81.
(24) Los siete locos. p. 4
(25) El A.B.C. de la relatividad. Buenos Aires. Edit. Imán. 1943.



BIBLIOGRAFIA
PRIMARIA

SABATO, Ernesto.
-El túnel. Colombia. Oveja Negra Seix Barral, 1983.

SECUNDARIA
ARLT, Roberto.
-Los siete locos y los lanzallamas. Buenos Aires. Edit. Hispamérica. 1986.
CAMUS, Albert.
-El mito de Sísifo y El hombre rebelde. Buenos Aires. Edit, Losada. 1955.
-El extranjero. Buenos Aires. Emece editores.1977.
ORTEGA Y GASSET, José.
-La deshumanización del arte y otros ensayos de estética. Madrid. Espasa Calpe. 1996
ROSADO, Juan Antonio.
-En busca de lo absoluto. (Argentina, Ernesto Sábato y El túnel). Unam. México. 2000
RUSSELL, Bertrand.
-El A.B.C. de la relatividad. Buenos Aires. Edit. Imán. 1943.