4 PERSONAJES DE LO ABSURDO.Albert Camús sostenía que en la vida de un hombre, llega un día en que se percata de que lo que hace es absurdo. Así, tras vivir en el mundo llega un día en que se percata de la inutilidad de vivir, entonces el hombre siente cierto desprecio por cosas en las que antes ni siquiera se fijaba:
“También los hombres segregan lo inhumano. En ciertas horas de lucidez, el aspecto mecánico de sus gestos, su pantomima carente de sentido vuelven estúpido cuanto les rodea. Un hombre habla por teléfono detrás de un muro de vidrio; no se le oye, pero se ve su mímica sin sentido, uno se pregunta porqué vive. Este malestar ante la inhumanidad del hombre mismo, esta caída incalculable ante la imagen de lo que somos, esta náusea, como la llama un autor de nuestros días, es también lo absurdo”18.
El hombre del que habla Camus, tiene estrecha relación con Castel, y nos trae a la memoria a otros “antihéroes” de la literatura del siglo XX. Como antecedente podemos citar a los personajes de Dostoievski, como Raskolnikoff. Sin embargo, voy a tratar de centrarme en dos. El primero de ellos es Remo Erdosain, personaje central de Los siete locos y los Lanzallamas19, y el otros es Mersault, antihéroe que plasma el mismo Camus en esa pequeña obra intitulada El extranjero20.
Salvo Erdosain (1929), Mersault (1942) y Castel (1948) son personajes de la posguerra –aunque Erdosain también se enmarca en un contexto de posguerra-, sin embargo podemos hallar en ellos ciertas regularidades, que nos permiten identificarlos como hombres del absurdo
Pablo Castel, como sus congéneres, es un tipo que se siente alejado del todo social. Sin embargo, mientras que Erdosain y Mersault, son tipos comunes –en un sentido muy amplio- y suburbanos, Castel es un artista, un pintor que goza de cierta aceptación. Como se puede notar, estos antihéroes de la posguerra, viven sumidos en la desazón. La diferencia principal, en todo caso radica en que Pablo Castel busca paranoicamente alguien que pueda entenderlo, alguien que pueda demostrarle que no está tan solo en el mundo, que existe alguien capaz de ver el mundo como él. Hay que tener en cuenta que para él hablar de soledad equivale a hablar de incomprensión.
El hecho –uno de los hechos- que relaciona a los tres personajes en cuestión es el crimen. Un crimen, que sin perder su carácter transgresor, se justifica de alguna manera en la propia incoherencia del mundo. Según Camus, lo irracional, se nutre de lo absurdo, y se justifica en ello. Esta irracionalidad es –según creo- el origen de los crímenes que cometen estos personajes.
“El tema de lo irracional, tal como lo conciben los existencialistas, es la razón que se embrolla y desembrolla negándose. Lo absurdo es la razón lúdica que comprueba sus límites”21.
El desquiciamiento no sería sino, la consecuencia de vivir en un mundo desordenado y absurdo, y la raíz de este carácter absurdo del mundo sería el vivir en un mundo incierto –en el que lo único cierto es, después de todo, solamente la muerte- Por eso Camus afirmaba que un mundo que admite explicaciones, aunque sea con razones erróneas, es un mundo conocido. En un mundo como el nuestro, en el que caen dogmas explicativos del mundo, como la religión, en primera instancia, y luego la ciencia y su búsqueda de leyes absolutas (una vez más lo absoluto en la médula de Occidente), al hombre no le queda más que aceptarse como tal, como hombre de una vida, cuyo término sin escapatoria es la muerte.
El crimen, como consecuencia, es algo que ocurre en las vidas de los antihéroes, sin que ellos sean – sin que se sientan- como unos criminales en el sentido “normal” del término. Castel, por ejemplo afirma que:
“...hasta cierto punto, los criminales son gente más limpia, más inofensiva; esta afirmación no la hago porque yo mismo haya matado a un ser humano: es una honesta y profunda convicción. ¿Un individuo es pernicioso? Pues se lo liquida y se acabó. Eso es lo que yo llamo una buena acción”22.
Mersault, en El extranjero dispara cinco balas contra un árabe sin saber porqué, incluso no intenta defenderse al ser detenido, y ante las preguntas del juez, que le muestra un crucifijo, responde que no sabe porqué disparó a un cuerpo yerto cuatro balas más. El juez, algo confuso agrega:
“Nunca he visto un alma tan endurecida como la suya. Los criminales que han comparecido delante de mí han llorado siempre ante esta imagen del dolor”. Iba a responder que eso sucedía precisamente porque se trataba de criminales. Pero pensé que yo también era un criminal. Era una idea a la que no podía acostumbrarme.”23.
En el caso de Erdosain su mayor delito consistirá en planificar un asesinato y llevarlo a cabo con acuciosidad enfermiza, sin embargo, su primer delito es un “simple” robo a la empresa en la que trabaja. Cuando es emplazado a devolver el dinero se aleja muy perturbado.
“Sabía que era un ladrón. Pero la categoría en que se colocaba no le interesaba. Quizá la palabra ladrón no estaba en consonancia con su estado interior. Existía otro sentimiento y ése era el silencio circular entrando como un cilindro de acero a la masa de su cráneo, de tal modo que lo dejaba sordo para todo aquellos que no se relacionara con su desdicha”24.
Es tal vez este acercamiento a su condición de hombres del mundo absurdo –no hombres absurdos, concepto que en Camus implica una aceptación de las condiciones que impone el mundo-, lo que hace que al leer las obras en las que aparecen estos personajes muchos lectores lleguemos a entender sus crímenes, lleguemos a verlos de alguna manera como víctimas de la sinrazón del mundo y no como victimarios. El crimen pierde de alguna manera su carácter nocivo y llega a ser transgresión de una situación de estabilidad anquilosante, y es en este contexto que se torna entendible.
Para finalizar, creo conveniente recordar que la forma narrativa preferida del siglo XX es, sin lugar a dudas, la que se apoya en el yo. Creo que esa predilección por el yo se encuentra justificada por el descrédito de la ciencia y la religión a las que hacía mención líneas arriba. Si bien, luego de los múltiples cuestionamientos, llegamos a la conclusión “einsteniana” de que las cosas son relativas, hemos de reconocer con Bertrand Russell25, que esta relatividad no es absoluta e infinita -no sería relatividad, sino caos-, ya que ella se encuentra parametrada y equilibrada por un factor que cumple la función de eje del sistema; cuando hablo de ese eje, me estoy refiriendo al observador.
La verdad radica en el observador. En el siglo XX el hombre se erige como la medida de todas las cosas. El mundo es al final de cuentas, aquello que percibimos y creemos comprender como mundo. La objetividad “científica” propugnada por Augusto Comte, y aceptada en el siglo XIX se escapa como arena entre los dedos. No resulta en este contexto, tan difícil comprender porqué los narradores se alejan del narrador omnisciente y omnipresente, de las novelas realistas o naturalistas, aquellos narrador que describía las cosas con la pretendida objetividad con que un científico narra los resultados de sus experimentos.
Los narradores del siglo XX ya no se preocupan por intentar mostrar la sociedad como es objetivamente, y con ello logran mostrarla de una manera más cercana a lo que ella es en última instancia, una percepción humana y una intelección inconsciente. La sociedad en la novela del siglo XX, por tanto es sentida y vivida por el protagonista, por ese yo que es Pablo Castel.